EL RUIDO ensordecedor le había devuelto a la consciencia. Con dificultad logró entreabrir los ojos. Se llevó las manos a la cara y se frotó las mejillas con fuerza. Estaba en un túnel, tirado de forma paralela a los raíles de una vía, próximo a la rugosa pared lateral. Gracias a ello no había sido arrollado por el tren. Sacó fuerzas para superar el intenso dolor de cabeza que le inmovilizaba y se retorció torpemente hasta ponerse en cuclillas apoyado en la fría pared. Con ayuda de las manos, como si de una dura escalada se tratase, consiguió incorporarse completamente. Tenía la boca tan seca que al hacer el amago de toser, sintió cómo se le cerraban las paredes de la garganta. Tratando aún de enfocar la vista, caminó lentamente hacia la luz proveniente de lo que debía ser una estación. Ascendió las escalerillas metálicas de servicio hasta el andén, donde vio las asombradas caras de varias personas que esperaban el próximo convoy.

Nadie se acercó a él, lo cual no le sorprendió demasiado cuando vio el aspecto que tenía. Vestía un pantalón grueso y un jersey de lana con la manga derecha desgarrada, que dejaba al aire un gran moratón en el codo rodeado de rasguños, todo ennegrecido por la suciedad del túnel, al igual que el resto de su cuerpo. El agudo pinchazo que surgió en el lado derecho de la base del cuello le obligó a apoyarse momentáneamente en la pared para no caer. Llevó una mano a la zona y notó un pequeño bulto cubierto por una sustancia pastosa.

No recordaba lo que había sucedido, pero lo que realmente le inquietaba era no tener ni idea de dónde estaba. Una especie de estación de tren bajo tierra. Mientras se sacudía la suciedad, pensó en salir de allí cuanto antes e intentar llegar a su casa para adecentarse. Siguió las indicaciones de salida hasta alcanzar la superficie, donde reconoció su ubicación, aunque solo parcialmente. La zona ajardinada en el inicio de la calle B10 había desaparecido, siendo sustituida por un enorme templo blanco. Tampoco estaba la fuente que siempre había ocupado el centro de la plaza. Desconcertado, comenzó la bajada hacia la siguiente glorieta. Algunos edificios coincidían con lo que guardaba en la memoria, pero otros en cambio, parecían haber cambiado como por arte de magia. La misma sensación tuvo al entrar en la glorieta y vislumbrar la travesía T27. No había rastro del tranvía por ninguna parte.

 

Con doloroso y lento caminar rodeó la plaza hasta entrar en su calle. Al llegar al número cincuenta y tres se detuvo y miró hacia arriba. El edificio era tal y como esperaba. Abrió la cremallera de la pequeña bolsa que portaba atada a la cintura y tomó las llaves. Seleccionó la correspondiente al portal y la introdujo en la cerradura de la puerta ornamentada. No encajaba. Volvió a asegurarse de haber elegido la llave correcta. No se había equivocado. En ese momento alguien abrió la puerta desde el interior, le miró con extrañeza y se aseguró de cerrarla antes de alejarse.

¿Qué estaba pasando? ¿Qué tipo de broma elaborada le estaban gastando? Cruzó la calle para tener visión de su piso. Efectivamente, allí estaba. Las luces del salón estaban encendidas. Él nunca olvidaba apagarlas al salir. ¿Había alguien en su casa? Volvió a cruzar y pulsó el botón de su piso en el portero automático. Escuchó el característico sonido que se produce al descolgar el telefonillo.

―¿Sí, quién es?

Era una voz de mujer

―Hola…, eh…, perdona, ¿quién eres?

―¿Cómo que quién soy?

―Es que…, bueno… Es que esta es mi casa.

―¿Qué? ¿Quién eres?

―Bueno… Creo haberme caído… y he decidido volver a…

―¿Esto es algún tipo de broma?

―No es una broma…, está pasando algo raro…

―Por favor, deje de molestar.

Escuchó cómo colgaban. Definitivamente se encontraba en un lugar extraño. Aturdido, arrastró los pies hasta un banco próximo y se sentó. Pasó la noche en vela, alterado por la incomprensible situación. Con las primeras luces se puso en marcha, sin rumbo establecido. Caminó y caminó por las calles. Su cerebro daba vueltas, pero no concluía nada razonable. El sentido del hambre hizo acto de presencia y sus tripas comenzaron a rugir como un león

enjaulado que no entiende de otros problemas. Resignado, siguió su recorrido a la deriva. Y así llegó la segunda noche. A eso de las doce, vencido por el cansancio y a pesar del frío, se tumbó en un banco de una plaza ajardinada. No sabía el tiempo que había pasado allí cuando alguien comenzó a darle golpes en el hombro. Se había quedado dormido. Se trataba de alguien vestido con harapos.

―¡Fuera de mi banco, capullo!

A pesar de la distancia, pudo oler perfectamente el aroma a vino barato que desprendía el aliento de aquel individuo.

―Perdona… ―dijo mientras se incorporaba―. No sabía que este banco fuese de alguien.

―Pues es mío, ¡capullo! ―volvió a espetarle el mendigo, tambaleándose.

Sintió el impulso de plantar cara a aquel pobre desgraciado, pero tuvo la suficiente lucidez para no hacerlo, así que se levantó y se fue, viendo el ridículo gesto de satisfacción de una persona poco acostumbrada a victorias. Después de media hora caminando en busca de otro lugar donde descansar, localizó el ventanal de un bajo comercial a nivel de calle sin aparente uso. Disponía de una profunda repisa elevada diez centímetros sobre la acera. Desfallecido, allí se dejó caer.